ENVEJECIMIENTO Y CALIDAD DE VIDA
EL
FUTURO DE LA SOCIEDAD OCCIDENTAL
Es una idea generalizada creer que en este siglo ha aumentado
mucho la longevidad, que ahora «la gente vive más».
Incluso se dice frecuentemente que «una persona de 40 años
en el siglo pasado era un anciano», mientras que ahora «es
joven». Este tipo de aseveraciones proceden de la confusión
sobre lo que llamamos longevidad. Para aclararla es preciso
distinguir entre esperanza de vida y longevidad máxima.
Se entiende por esperanza de vida el promedio de años
que va a vivir una persona nacida en un determinado momento y
sometida a las tasas de mortalidad especificas de ese mismo año.
Como tal, la esperanza de vida al nacer ha aumentado durante
la historia de la humanidad, especialmente a partir de 1900.
En 1900 en España era de 35 años, sin embargo,
la continua caída en las tasas de mortalidad la elevó hasta
los 62 años en 1950. Este enorme incremento de la supervivencia
desde 1900 a 1950 se debió fundamentalmente al descenso
de la mortalidad infantil, del neonato y de la madre, junto con
la mejora en el control de las enfermedades infecciosas. Ya en
la década de los 90, la esperanza de vida al nacer en
1999 ha alcanzado los 82,5 años en la mujer y los 75,3
años en el varón (Fuente: Eurostat).
Por otra parte, la longevidad máxima se refiere a la edad
máxima que puede alcanzar el miembro de una especie
determinada.
Un porcentaje cada vez mayor de individuos alcanzan una longevidad
que se acerca cada vez más a la máxima posible
en la especie humana. Sin embargo, no hay ninguna prueba de que
la longevidad máxima haya aumentado durante los últimos
siglos o milenios. Incluso en la antigüedad también
había hombres que alcanzaban los ochenta y noventa años
o más, aunque, eso sí, eran muchísimos menos
en términos porcentuales. El hecho fundamental, no es
que no haya habido personas longevas en la historia de la humanidad,
sino que nunca tantas personas han vivido tantos años.
Es un hecho obvio que una de las constantes de nuestro tiempo
es el crecimiento de la población mayor. El sector poblacional
de las personas de 65 o más años en el mundo desarrollado
no solo se ha incrementado en número, sino que al aumentar
su longevidad han aumentado los años «malos» en
los que el individuo vive fisiológicamente disminuido.
Hoy en día las enfermedades del corazón son la
causa más importante de mortalidad, seguidas del cáncer;
ambas son a su vez importantes causas de discapacidad. Otros
problemas como el accidente cerebrovascular, la enfermedad
de Parkinson y las demencias han ido adquiriendo importancia.
Por ejemplo, la demencia era antes una enfermedad rara, pero
actualmente la padece una de cada cinco personas mayores de
80
años.
Este cambio en la morbilidad y la mortalidad debería obligar
a un cambio de perspectiva tanto en el planteamiento de la prevención,
como en el tratamiento y cuidado de estos pacientes.
Los mayores de 80 años son, en la actualidad, una quinta
parte del total de la población en determinadas zonas.
Las perspectivas de población anuncian que la proporción
de sexagenarios tendría que alcanzar el 30% en el año
2030.
Se asume que los costes sanitarios seguirán incrementando
debido a estos cambios demográficos, ya que las personas
ancianas consumen muchos más recursos sanitarios por capita
que los jóvenes y que, por lo tanto, a medida que aumenta
su número, supondrán un gasto cada vez mayor para
el sistema sanitario. En el caso de que así fuera, la
pregunta crucial sería: ¿Podremos hacernos
cargo de este crecimiento de los costes?.
De todos nosotros depende que dicha situación no se «desborde» y
que cada uno en la medida de sus posibilidades coopere para
el bien común; por ejemplo, los padres educando a los
hijos en la importancia de una alimentación adecuada,
los ancianos siguiendo los consejos preventivos de un profesional
de la salud, etc.