LA NUEVA CULTURA ALIMENTARIA España apuesta por los transgénicos España es el principal productor de maíz transgénico de la UE, donde juega fuerte para levantar la moratoria a los nuevos organismos modificados genéticamente Los
cultivos modificados avanzan en Catalunya pese a las reticencias
de Unió de Pagesos Catalunya ha triplicado en cinco años la superficie de terreno dedicada a cultivos transgénicos. Concretamente, en el 2003 las tierras sembradas de maíz modificado genéticamente abarcaban 5.278 hectáreas, mientras que en 1998 (cuando empezaron estos cultivos) su extensión era de sólo 1.700 hectáreas. España en su conjunto aumentó la superficie dedicada a este fin un 33% en el 2003 con relación al año anterior, con lo que se convierte en el primer productor de la UE. Los agricultores catalanes cultivan campos de maíz transgénicos que equivaldrían a la superficie de un cuadrado imaginario de algo más de siete kilómetros por cada lado. Catalunya es la tercera comunidad autónoma española que más tierras dedica al maíz transgénico, después de Aragón (12.905 ha) y Castilla-La Mancha (8.171 ha), según datos del Ministerio de Agricultura. A la par, es la zona que ha experimentado un grado de implantación más acelerado de estos cultivos, pese a que su principal sindicato agrario, Unió de Pagesos, ha expresado sus reticencias hacia estos cultivos, e, incluso, ha pedido a sus afiliados que se lo piensen dos veces antes de sembrar estas semillas por el temor a que las cosechas sean luego rechazadas en la industria transformadora, en la que va cobrando prestigio la marca “libre de transgénicos”. Ahora, aproximadamente, el 80% de las cosechas se emplea en la alimentación animal y el otro 20% va a alimentación humana. Otras comunidades con fuerte ritmo de desarrollo son Andalucía (2.089 ha), Extremadura (1.633 ha) o Navarra (1.401 ha). En España, el cultivo de maíz transgénico Bt alcanzó en el 2003 las 32.164 hectáreas: un 33% más que el año anterior. El maíz Bt empleado es una modificación genética diseñada para hacer que la planta sea resistente al taladro, un insecto que puede producir hasta un 15% de pérdidas en las cosechas de ciertas zonas. Su principal particularidad es que incorpora una toxina (Bt, de la bacteria “Bacillus thuringiensis”) que ataca y expulsa las larvas de los taladros. Sus defensores resaltan que esta plaga puede llegar a comportar pérdidas muy significativas para la agricultura. El maíz se ha sembrado en las zonas más afectadas por este problema, como el valle del Ebro, Albacete, Toledo o Lleida. Las principales variedades empleadas en España son el Compa CB, de Syngenta –que ocupa 25.000 hectáreas–, y, en menor medida, el PR33P67, de Pioneer, con una superficie que representa un 6,6% del total del maíz sembrado en España (unas 485.000 ha). Sin embargo, las resistencias al cultivo de transgénicos son notables en Catalunya, aunque los argumentos esgrimidos en su contra por los agricultores se refieren sobre todo al riesgo de que los campos con cultivo tradicional sean contaminados por la polinización desde campos con maíz modificado. El agricultor Antoni Casademont, de Unió de Pagesos, señaló que los payeses aprecian el maíz Bt porque es un planta “áspera, resistente y dura”, más que por los beneficios que aporta frente a la plaga del taladro. Aun así, expresó sus “dudas” sobre el verdadero grado de expansión del maíz transgénico en Catalunya, “puesto que los agricultores no declaran las hectáreas cultivadas, sino que lo hacen las compañías de semillas”, y, además, una parte de estas semillas se reexporta a Europa, según dice. Casademont se muestra reticente al maíz transgénico porque, además, se ha encontrado con el inconveniente de que no ha podido ver certificado que su maíz esté libre de transgénicos. Su cosecha resultó contaminada ligeramente por el polen procedente de un campo cercano sembrado de maíz modificado y, al ser detectado, la industria alimentaria no se lo compró. “Los transgénicos perjudican a la agricultura ecológica y pueden dejar tocada de muerte la agricultura tradicional”, dice antes de elogiar las semillas tradicionales, entre otras cosas porque están mejor pagadas. Mientras tanto, en todo el mundo, los cultivos biotecnológicos (maíz, soja y algodón, sobre todo) aumentaron en el 2003 un 15% con relación al año anterior, hasta alcanzar los 67,7 millones de hectáreas, según informó recientemente el Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agro-biotecnológicas. Seis países absorben el 99% de estos cultivos: Estados Unidos (63%), Argentina (21%), Canadá (6%), Brasil (4%), China (4%) y Sudáfrica (1%). En Europa, además, Alemania tiene una pequeña superficie de maíz Bt; Bulgaria cultiva unos pocos miles de hectáreas de maíz tolerante a herbicidas, y Rumania tiene 70.000 hectáreas de soja, que se importa y se comercializa también en España y se consume en la Unión Europea. La expansión de los transgénicos se produce en España pese al frenazo impuesto por la UE, en donde rige una prohibición temporal o moratoria de facto desde 1998 que impide que se aprueben nuevos genes para ser incorporados a las semillas (OMG). En cambio, sí se puede autorizar semillas con genes ya autorizados con anterioridad. España, no obstante, es uno de los países que más pugnan por levantar la actual moratoria, considerando que la UE ya ha creado el marco legal para regular su utilización y prevenir los impactos sobre el medio ambiente (directivas sobre etiquetado, trazabilidad y demás), que era la condición que se autoimpuso la Comisión de la UE antes de dar luz verde a nuevos OMG –aunque algunas naciones y los ecologistas mantienen puesto el freno–. La
UE, sin embargo, está a punto de levantar la moratoria para
autorizar un nuevo maíz modificado (el Bt 11). Pero todo indica
que la previsión es autorizar sólo el registro para la
importación y su uso en alimentación, pero no en la siembra. “Lo
más importante es que no se siembre, porque es precisamente la
siembra la que contamina el medio ambiente”, dice Juan Felipe Carrasco,
de Greenpeace. Esta organización lidera la protesta contra la
autorización del maíz Bt 11 por juzgar que “se han
detectado problemas en su genética y han aparecido trocitos de
otro gen que no debería estar, por lo que su acción en
el medio ambiente se desconoce”, según explica Carrasco.
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