Una simple célula, sólo visible al microscópio, encierra todo un complejo mundo de vida organizada, con un delicadísimo equilibrio entre sus elementos. Esta maravilla de la vida que cumple disciplinadamente su cometido, nace, se alimenta, vive unas horas, unos días, genera otras células, muere y desaparece. Existen millones y millones de células todas ellas diferenciadas entre sí y organizadas en colonias, grupos, estructuras, cuerpos, plantas, animales, configurando formas muy definidas, una de las cuales es esa figura en la que reconocemos y a la que llamamos ser humano.

Ser humano que podría definirse como agrupación de cuatro trillones de células que dan lugar a un organismo provisto de cabeza, piernas, hígado pulmones, etc. Mas bien digamos que ser humano es igual a vida elevada a su máxima expresión en la tierra, síntesis de toda la otra vida de nuestro planeta y que aspira a vidas superiores que intuye existentes más allá del mundo físico. Hombre, materia espiritual, o mejor, espíritu materializado, porque esta es la realidad. Espíritu condensado que anhela retornar a aquellos planos impalpables del cosmos etéreo.

¿No merece la pena respetar esta maravilla que es el organismo humano, increíblemente organizado ? Siquiera sea como reconocimiento al laborioso trabajo de tres mil millones de años que ha invertido la “vida” en elaborar ese sujeto concreto y definido que es usted. Porque usted está ligado por un hilo invisible a una larguísima cadena de seres que le precedieros sin solución de continuidad -hombres, mujeres, mas hombres y mas mujeres, simios, reptiles, anfibios, vegetales, crustáceos, algas, hongos, mohos, sal, minerales, calor, agua, sonido, luz, magnetismo- hasta que llegamos a aquella primera célula que alumbró en el magma acuoso de una tierra que nacía. No es un ser aislado que puede mirar por encima del hombro a los demás seres de esta tierra atareada en cumplir concienzudamente esa misión desde hace miles de millones de años ; no es usted un ser que pueda prescindir de esta larga historia de vida ni del ritmo que hay impuesto aquí. Si se ha apartado de este orden universal con una vida desordenada, lo estará pagando caro : infelicidad, desasosiego, malestar y quizas, enfermedad. Si ha sido dócil a la vida que fluye incesante , se habrá sentido feliz, armoniosamente equilibrado, habrá conocido la salud. Una salud que, si se ha perdido, puede recuperarse en cualquier momento. Motivo de mayor gratitud todavia, porque habrá aprendido que todo puede ser opuesto, siendo lo mismo, como el dia y la noche, el frío y el calor, lo líquido y lo sólido, la materia y el espíritu, el reposo y la actividad, la salud y la enfermedad, alternancia que configuran siempre una unidad, como en su mismo cuerpo : mental y físico, sólido y líquido, activo y en reposo, sometido al nacimiento y a la muerte.
Hace varios miles de años los chinos se dieron cuenta de ello y dijeron que todo lo que existe en síntesis de estos opuestos, y que en el fondo, todo se reduce a energía, pálpito vital que anima todo lo existente y que se materializa en dos fuerzas opuestas y complementarias : expansión y contracción.